Las estructuras y dinámicas del poder han acudido de forma diversa al baile y las coreografías, infundiendo en ellas sus propios significados y propósitos. Los acontecimientos y la práctica de la danza han acompañado al sistema político occidental desde la Antigüedad, sirviendo de escaparate de los discursos de lo representan e informan sobre él. La danza se ha apoderado de quien la practica, además de haberse empleado para excluir a otros, o bien como desafío, más que reafirmación, del estatus quo. La jerarquización social, el género, la edad, el estatus familiar, la etnia o la identidad religiosa son solo una densa lista de variables claves que definen a los grupos que históricamente han empleado distintas fórmulas coreográficas para definirse y establecerse a sí mismos, construir puentes o fronteras.
La situación jurídica de la danza -alentada o al menos permitida versus prohibida bajo según que circunstancias o del todo abolida- nos ofrece un ejemplo ilustrativo sobre este campo de batalla histórico donde una serie de actitudes se han expresado y puesto en práctica, a menudo en el centro de los principales conflictos culturales. Además, lo que estaba en juego no era el simple hecho de bailar o no (ni cómo, en todas sus posibles variantes). Este ejercicio, tan particular, con la manera en como despliega el cuerpo en el espacio y el tiempo y crea conexiones entre los individuos, ha funcionado como una metonimia de la experiencia humana en general. La misteriosa y diversamente interpretada relación ontológica y fenomenológica entre la dimensión física y la espiritual, así como la interacción entre uno y mucho, o la realidad más allá de la percepción ordinaria, puede mediarse exclusivamente mediante la realización de un determinado conjunto de posturas y pasos.
Las interpretaciones propuestas por Quentin Skinner -uno de los historiadores más influentes del pensamiento político tanto por su metodología como por su revisión sobre los casos en la Italia bajo medieval y renacentista- ha cargado de un profundo significado simbólico al grupo de bailarines que aparecen en el centro del famoso fresco de Ambrodgio Lorenzetti “Alegoría del buen gobierno” (Siena, 1337-1339). A su parecer, se trata de hombres jóvenes que están ejecutando el tripudium, una danza colectiva que celebraba la concordia y el orgullo cívico. Si este fuera el caso, la danza se convertiría aquí en un dispositivo coreográfico central, utilizado para afirmar y diseminar una serie de ideas políticas clave. Se hace difícil obviar la inscripción, aunque desconocemos si la misma estuvo motivada por las intenciones del propio artista o por el gobierno de la ciudad que había encargado la obra. Al fin y al cabo, el significado se encuentra en la mente de quien interpreta. Hasta tal punto que, la visión generalizada era, y sigue siendo, que se trata de un grupo de mujeres abandonadas en un alegre recreo. Este conflicto interpretativo puede ser apreciado metodológicamente como una prueba de cómo las imágenes funcionan e interactúan en función del público y las partes interesadas.