La danza aparece frecuentemente en los textos literarios de época medieval y moderna como uno de los elementos que caracteriza la vida cortesana, junto con la ropa exquisita, los convites y las fiestas. El hecho de que aprender a bailar formara parte del proceso de educación y socialización de la nobleza queda reflejado en obras como Curial e Güelfa, Tirant lo Blanc, Història de la Gloriosa Maria Magdalena, y Los col·loquis de la insigne ciutat de Tortosa. En un principio, autores como Francesc Eiximenis o Bernat Metge no se posicionan a favor o en contra del baile. Más bien, hacen una lectura ponderada, en que sopesan los elementos que determinan la naturaleza y la finalidad. En este contexto, es importante retener que los argumentos para defender o rechazar el baile sólo se pueden entender a la luz de la preocupación medieval por la salvación humana. Sin embargo estaríamos equivocados si pensáramos que la única manera de bailar sancionada por los pensadores medievales es la que corresponde a finalidades religiosas, o aquella que hay que leer en clave alegórica, como expresión de una elevación del espíritu hacia Dios. Una lectura contextualizada de una selección de textos morales, religiosos y literarios de autores catalanes medievales evidencia que la danza se valora de diferente manera según quien baila, según dónde y cuándo tiene lugar el baile, y según por qué y para qué esta actividad es desarrollada. La actitud favorable que los autores analizados expresan hacia el baile explica porque reconocen la danza como entretenimiento saludable o como expresión espontánea de una profunda alegría. El hecho de que estos mismos autores en otros contextos critican el baile demuestra que no hay ningún rechazo genérico de la danza, sino más bien una posición de alerta frente a comportamientos y actitudes que en época medieval se consideraban poco deseables, peligrosos o claramente perjudiciales.