Las representaciones de bailes desenfrenados en las iglesias comporta que a su alrededor se construyan espacios heterotópicos, conformados a partir de las reglas sociales y de su trasgresión, de la definición del otro como poseído, como diferente, como perteneciente al descontrolado mundo de la enfermedad mental. Paradójicamente, estas figuras de lo negativo tienen una contrapartida sagrada en las posesiones rituales, en las visiones y en las danzas sagradas. La danza es el fulcro del espacio heterotópico, así como de todo tipo de proceso mágico y apotropaico. Así mismo, en los imaginarios literarios trovadorescos, corteses y novelescos, la danza y su poder mágico acaba funcionando como motor de la historia. Como conditio sine qua non los protagonistas cumplen y desarrollan su drama. La extraordinaria potencia evocativa de la danza como encantamiento, de hecho, recorre toda la cultura mediterránea desde la Antigua Grecia y llega a desarrollarse hasta en manifestaciones folklóricas como la Tarantela. La danza –protagonizando danzas de la muerte, carolas mágicas, milagros hagiográficos, episodios de posesiones – revela su esencia ritual sobretodo en ámbito literario. En todos estos casos, la danza se genera en lugares de la diferencia que, en cuanto tales, ayudan al permanente diálogo que durante la Edad Media se establece entre culturas en espacios históricos o literarios.