PROJECTE MUDANSA

LOS DOCE PARES DE FRANCIA. MORISMA DE BRACHO

Tlalnepantla, México

LOS DOCE PARES DE FRANCIA

La tradición medieval de “moros y cristianos”, introducida en América con la llegada de los primeros conquistadores españoles, fue trasladada muy tempranamente al ámbito indígena, en el que, con diversos procesos de adaptación (no exentos de interrupciones o incorporación de nuevos elementos), se ha mantenido viva hasta nuestros días.

Uno de los principales ejemplos de dicha pervivencia es la denominada danza de “los Doce Pares de Francia”, cuyo argumento reproduce el legendario enfrentamiento entre los caballeros de Carlomagno y los del gran almirante Balán y su hijo Fierabrás, en cuya resolución va a tener un papel destacado la joven Floripes, también hija de Balán, que colabora con el bando cristiano movida por su amor al caballero Guy de Borgoña. Este argumento fue ampliamente difundido en el continente americano gracias a las múltiples ediciones que circularon de la Historia del emperador Carlomagno y de los doce pares de Francia, de Nicolás de Piamonte, entre los siglos XVI y XIX, ediciones que fueron dando lugar a su vez a una importante presencia del tema tanto en el Romancero como en representaciones “dancístico-teatrales” en países como México, Guatemala, Nicaragua, Perú o Ecuador.

La danza de Tlalnepantla se ejecuta de forma semejante a la de otras poblaciones no solo de Morelos y el Estado de México (como San Juan Atzacualoya, Ayapango o Totolapan) sino de otros muchos estados del país. El espacio de la misma es el atrio de la iglesia: al igual que en la tradición medieval, los distintos decorados (en este caso, el “Impero romano” y el “Imperio Mahometano” o “la Turquía”, el “Tablado de Floripes y sus princesas” y el “Puente de Mantible”) se ubican a la vista del público desde el principio. Si en sus orígenes los danzantes eran todos varones, a lo largo del siglo XX los papeles de Floripes y sus doncellas fueron asumidos por mujeres y en los últimos años es fácil observar una mayor presencia femenina. En cualquier caso, también como en el teatro medieval, los personajes se identifican por signos externos, comenzando por el bordado de los nombres en las capas de los vistosos trajes.

A lo largo de la danza-drama se alternan los parlamentos de los personajes (en octosílabos ya alterados por la tradición oral y acompañados de un continuo movimiento hacia adelante y hacia atrás para marcar la intervención), los enfrentamientos cargados de gestualidad y la danza propiamente dicha: un baile de espadas que podría evocarnos a su vez los que todavía se ejecutan en algunas regiones de España: los danzantes se colocan en dos hileras (correspondientes a los dos bandos contrarios) y, al ritmo de músicas interpretadas por instrumentos de viento y percusión, giran y cruzan sus espadas en parejas.

MORISMA DE BRACHO

Zacatecas, México

Organizada por la cofradía de san Juan Bautista, la Morisma de Bracho, en Zacatecas (norte de México) constituye un gran espectáculo, en el que participan más de 12.000 actores, que ha sido declarado en 2014 Patrimonio Cultural Inmaterial del estado. A lo largo de varios días, tienen lugar tres representaciones distintas: la muerte de San Juan Bautista, la historia de Carlomagno y sus Doce Pares de Francia y el histórico triunfo de las armas españolas en la Batalla de Lepanto en 1571. Si el ciclo carolingio es propiamente medieval, el pasaje evangélico de la degollación de San Juan encuentra su desarrollo dramático en este mismo período: sirvió de base a un gran número de piezas europeas, fue representado diversas veces en Toledo entre 1495 y 1510 y pervivió en la tradición castellana al menos hasta finales del XVI, como se muestra en los autos que con este título se conservan en el Códice de Autos Viejos y el Manuscrito de 1590, y en la tradición catalana hasta el siglo XX con alguna recuperación en el XXI (Ball parlat de Rodonyà). Sin embargo, ambos asuntos se incorporaron a los festejos de Bracho de forma muy tardía, en versiones ya contemporáneas. El núcleo argumental inicial de dichos festejos fue la victoria de Lepanto, que tuvo un eco muy temprano en tierras americanas (sobre todo en ciudades como Cuzco, donde los festejos que se organizaron con este motivo en 1572 incluyeron combates de galeras y la toma del castillo) y que, si bien pudo empezar a representarse en la zona en el siglo XVII, se constituyó como argumento de las actuales morismas hacia mediados del siglo XIX. Ya avanzado el siglo XX, se introdujeron las piezas sobre Carlomagno y San Juan, cuyas historias permiten establecer cierto paralelismo con la de Lepanto en la medida en que suponen un claro enfrentamiento entre las fuerzas del bien y del mal, y que, a su vez, construyen una especie de ciclo catártico por el cual la injusta degollación del santo en la representación inicial será simbólicamente vengada con la triunfal exposición de la cabeza del Turco vencido al finalizar la batalla de Lepanto.

El espacio de las morismas es la población en su conjunto: los festejos inician con el multitudinario desfile que recorre las calles del barrio hasta llegar al centro de Zacatecas y regresar al extrarradio; la explanada junto a la iglesia de san Juan sirve de marco a las dos primeras representaciones y, finalmente, en la gran extensión de las Lomas de Bracho, donde se construye el castillo que deberá ser tomado por las tropas cristianas, se asiste al triunfo de los hombres de Carlomagno sobre el almirante Balán y a los singulares enfrentamientos entre los ejércitos de Juan de Austria y Argel Osmán (Ali Bajá), con la esperada y sangrienta derrota de este último (en la que algunos investigadores han observado reminiscencias de los ritos de sacrificio prehispánicos).

Las danzas en honor al santo patrono en el atrio del templo forman parte de los diversos actos simultáneos que se desarrollan en esos días de finales de agosto, pero sin duda lo más significativo de las morismas es el movimiento de masas que genera la representación en torno a la toma del castillo: son los enfrentamientos de las espadas, la caída de los derrotados, los gestos de barbarie de los vencedores que simulan decapitar a los vencidos arrebatándoles sus cascos y turbantes y la espectacular formación de la media luna y de la cruz por parte de las tropas moras y cristianas respectivamente que se dibuja en la falda de la loma y que los espectadores observan desde la distancia, los elementos que convierten estos festejos en una sucesión de disposiciones coreográficas, dando su grandiosidad y su carácter ritual a unas fiestas que viven en las últimas décadas un verdadero auge.

 

Beatriz Aracil
Universidad de Alicante

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