Las danzas del oso se sitúan alrededor de la Candelaria (2 de febrero), momento en el cual, según el saber popular, el plantígrado rompe su hibernación para pronosticar la llegada de la primavera. De entrada, el personaje osuno se deja ver al lado de los jóvenes ataviados con pieles ovinas que hacen sonar cencerros en Bielsa, Ituren, Zubieta y en muchas otras mascaradas de invierno de la Europa rural que se celebran entre Año Nuevo y fin del Carnaval, las cuales parecen guardar antiguas funciones rituales propiciatorias cercanas a las Calendas de Enero, las Lupercales o la Mamuralia. Se trata de ritos paganos que desde la temprana Edad Media la iglesia intentó prohibir, como el arzobispo de Reims Hincmaro que en una pastoral del año 852 denunció los juegos inmundos con el oso, entre otras máscaras obscenas.
El baile del oso generalmente se desarrolla a lo largo de un pasacalle que acostumbra a iniciarse en algún lugar silvestre de las afueras del pueblo para terminar en la plaza. Concretamente, las danzas más teatrales escenifican la lucha entre el hombre y el gran plantígrado, imagen elaborada a partir del domador de osos zíngaro y adobada con argumentos de temática heroica que narran la cacería de la fiera. En cuanto a la puesta en escena, Les Festes de l’Ós del Vallespir tienen muchas similitudes con La cacería del hombre salvaje, juego de máscaras carnavalesco que entre otros fue ilustradas por Pieter Brueghel el Viejo en el siglo XVI y representan el mito del salvaje que ha de ser civilizado. Así pues, el oso encarna el caos y la fuerza sexual, símbolo de fertilidad desde la Antigüedad y todos los pecados que la bestia adquirió a lo largo de la Edad Media. Estos se convierten en ocasión de sátira de costumbres y sirven para un repaso cáustico de los hechos sucedidos durante el año en los bailes más hablados, como El Ball de l’Ossa de Encamp.
Por otro lado, aparte de las regeneradoras fiestas de inverno, desde el siglo XV hay documentados bailes del oso más solemnes. Los cuatro chicos disfrazados de osos que salieron en la entrada real de Fernando de Antequera en Valencia el 1414, o las pieles de cordero negro que, según el Llibre de les Solemnitats de Barcelona, se necesitaron para el disfraz osuno que salió en la procesión de Corpus de 1424, son algunos ejemplos. Así mismo, en la imaginería festiva del Corpus y fiesta mayor de Solsona, el 1940 se recuperaron cuatro cabezudos a partir de una referencia de 1727, los cuales ejecutan un baile de bastones que recuerdan el rol que cumplían en abrir paso a la procesión, función y estética muy similar a la de los osos con mazas de la entrada real que se hizo el 1677 en Barcelona en honor a Carlos II. Es más, en el bestiario festivo de Valls hay el Oso, una figura de grandes dimensiones que baila en el cortejo de fiesta mayor y de Santa Úrsula, una bestia creada el 1999 a partir de una anotación del 1764 donde se la llama al mismo nivel que el Águila, la Mula, los Gigantes, el Dragón y el Buey.
Eloi Ysàs
Universitat Rovira i Virgili